Daniel es biólogo y trabaja en un zoológico. María es economista. Tras meses de insistencia, ella ha accedido a cenar con él. Daniel se las promete muy felices: cree tener un as en la manga para conquistarla. En cuanto salga a relucir el tema de los animales, la dejará con la boca abierta.
—¿Has leído que ayer atracaron la joyería de la esquina? —pregunta como quien no quiere la cosa—. Apagaron las luces y nadie vio nada. Lástima que los empleados no fueran murciélagos.
—Depende —responde María—. La ecolocalización les habría permitido orientarse, pero no plantar cara a unos atracadores.
Daniel se queda de piedra, aunque vuelve a la carga.
—De haber trabajado allí, yo me habría transformado en un tardígrado, ya que este animal soporta condiciones extremas.
—Sí, pero tendrías que entrar en criptobiosis —matiza ella—. Tu metabolismo se reduciría al mínimo, por lo que permanecerías inmóvil e indefenso.
Daniel sospecha que el tiro le está saliendo por la culata, pero no tira la toalla.
—Pues elegiría ser un pulpo. Cambiaría de color y textura para pasar inadvertido.
—Ahí sí que has dado en el clavo. Además, tendrías tres corazones y una inteligencia nada desdeñable. Eso sí, fuera del agua estarías vendido.
—Oye, ¿cómo es que controlas tanto de animales?
—Ya ves. Me gusta ver documentales mientras hago la declaración de la renta de mis clientes.
—Trabajo en un zoológico y me das mil vueltas en esto de la biología.
—No te preocupes —dice María, guiñándole un ojo—. Al menos has roto el hielo.
Daniel no ha logrado impresionarla, pero ha conseguido algo mejor: una segunda cita.
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